A Manuela
I
Aquel Invierno no fue cruel. El templado Otoño había segado las últimas mieses; alegre caminaba, entre sueños y esperanzas. Dorado el corazón de la Tierra, maduraba el Aire, aliviando las noches de suspiros y estrellas. Todo, lo había gozado: eternos pensamientos, ajetreos de labores, canciones y bailes. Había llegado feliz al Invierno, dichoso ¡de tanta siega!. Ahora, sólo le quedaba dormir en la Llanura de su pecho, bien amado, al hombre, las voces del hombre que no querían dormir.
Siempre, se preguntó ¿por qué no callaban y volvían a gritar?. “No callaban de Vivir… y gritaban de morir”. Por él, había dulcificado el Otoño vientos y hojas. No quería, que se contemplara solo, le ofrecería una despedida cálida de Memorias y Olores.
Muchas veces, lo había visto llorar desolado y angustiado de Vivir la Vida, su única Vida. ¡Besos y llantos que no encontraban su Existencia y aliento!. ¡Pobre hombre! ¡Pobre corazón!. La Vida, sólo latía… lágrimas de consuelo. Miraba al Cielo, tocaba la Tierra y seguía con la misma sed ¡Perdido!.
-¡Si mirase mi ofrenda madura de Mieses y Soles, serenaría el alma, aplacaría el hambre!. No se ocultaría a los Sueños y Pensamientos; encontraría en el Silencio la verdad de la Palabra, y la Voluntad de criaturas y dioses. Sonidos de pasos, sonidos mortales, que le recuerdan la música de su canto que muere en el Aire. Se encontraría con los suyos, en el camino de no regresar y morir…
-¡Mírame! Otoño soy, ¡Templanza y Memoria!. Aroma de pan, dulce vino. Canción madura del Aire. Mortal durmiente… hijo de la Tierra. Pastor de mis días y noches. Sueño del Verano, Regalo del Invierno.
-¡Mírame!, que mi siega no sea lágrima del Tiempo, y desconsuelo de tu Alma!.
I
Aquel Invierno no fue cruel. El templado Otoño había segado las últimas mieses; alegre caminaba, entre sueños y esperanzas. Dorado el corazón de la Tierra, maduraba el Aire, aliviando las noches de suspiros y estrellas. Todo, lo había gozado: eternos pensamientos, ajetreos de labores, canciones y bailes. Había llegado feliz al Invierno, dichoso ¡de tanta siega!. Ahora, sólo le quedaba dormir en la Llanura de su pecho, bien amado, al hombre, las voces del hombre que no querían dormir.
Siempre, se preguntó ¿por qué no callaban y volvían a gritar?. “No callaban de Vivir… y gritaban de morir”. Por él, había dulcificado el Otoño vientos y hojas. No quería, que se contemplara solo, le ofrecería una despedida cálida de Memorias y Olores.
Muchas veces, lo había visto llorar desolado y angustiado de Vivir la Vida, su única Vida. ¡Besos y llantos que no encontraban su Existencia y aliento!. ¡Pobre hombre! ¡Pobre corazón!. La Vida, sólo latía… lágrimas de consuelo. Miraba al Cielo, tocaba la Tierra y seguía con la misma sed ¡Perdido!.
-¡Si mirase mi ofrenda madura de Mieses y Soles, serenaría el alma, aplacaría el hambre!. No se ocultaría a los Sueños y Pensamientos; encontraría en el Silencio la verdad de la Palabra, y la Voluntad de criaturas y dioses. Sonidos de pasos, sonidos mortales, que le recuerdan la música de su canto que muere en el Aire. Se encontraría con los suyos, en el camino de no regresar y morir…
-¡Mírame! Otoño soy, ¡Templanza y Memoria!. Aroma de pan, dulce vino. Canción madura del Aire. Mortal durmiente… hijo de la Tierra. Pastor de mis días y noches. Sueño del Verano, Regalo del Invierno.
-¡Mírame!, que mi siega no sea lágrima del Tiempo, y desconsuelo de tu Alma!.
II
¡Alcánzate un sueño… me decía en la quietud de aquellas noches cálidas!. Aún el Otoño, me hacía sentir su adiós reciente en el corazón, echado estaba sobre los rayos del Sol y las últimas mieses.
-Vengo contigo, a creer en tu Tiempo de Memoria y espera dulce. -Vengo conmigo, a gozar en tu Paz mis días mortales y los días de siegas. A soñar despierto la danza de tus trigales y el canto de tu Aire. A morir el Sueño de la Luz y. A madurar mi muerte, espiga dorada, a despojarme gustosamente de mi piel.
Guardado tengo los latidos de la sangre, el sol de las tardes y la trilla de tu Canto. La llamada… Eterna de tus voces, Aromas y Besos. Beatos llantos del corazón, que brillan silenciosos en la mirada y anidan en el pecho.
…Hospitalarios días en la Tierra, de amor fecundo y veredas, que consuelan a los mortales, y como una brisa nos recuerda el Tiempo de Vivir… el Tiempo de Morir…
Vamos gastando besos, sangre, recuerdos, el Alma, la Vida… ¿Qué me queda Dios mío?. ¿Qué me queda?. De nada, sirve lamentarme ahora en mi Otoño, fueron otros Otoños que no eran el mío. Tenían que pasar y pasar… no habían madurado mis besos. “Sólo el Tiempo, guarda la Memoria”. ¡Alcánzate un consuelo… me decía, tu llanto ya lo tienes! .
Fue, cuando conocí los Silencios del Tiempo. Hasta entonces… había vivido como cualquier Vida que observa y mira a las demás, acercándome a otras Vidas. “No hay Vida, que no se contemple mientras mira a otras Vidas”, después como un Río salpica alrededor cuando las aguas parecen más serenas de Vivir. Pero aquel Silencio de mi Tiempo… era otro Silencio.
“Nunca mi mirada, me había devuelto aquella mirada”. Y no era miedo, me miraba y observaba desde fuera de mí; ahora, era yo quien se detenía. Había visto pasar muchos Otoños y madurar la Vida, como quien mira un Sentimiento, sin abrazar y amar, huérfano de besos. Ahora era… el Silencio de mi Existencia, la madurez del Aire, la palabra, llanto, corazón.
Hasta ahora, había vivido “la ausencia… de una ausencia”, que vivía su propia Vida. Llantos y voces que esperaban una sangre, un latido… que le llevasen a saber de ellos, a guardar todo aquello que estaba llorando.
Había caído… Otoños atrás, en la noche, en el día, y no quería dormir. No más credos a ciegas y penitencias de sombras. Me sentía recién nacido en la Memoria que los hombres acunamos desde la infancia y alimentamos sin preguntar. “Aquella que fuimos aliviando, ignorando, y creímos dormida”. No. no quería disfrazarme de otro Sentimiento, no me pertenecían otra sangre, otros latidos….
III
Todo eran Silencios mortales, que también lo eran en mi sangre. Puro Silencio… ir y venir descalzo. Música que me miraba, canto suave que me embriaga de Eternidades, y me transportaba por mares de Horizontes. ¡Tan lejos dentro de mí, que lloraba mi ausencia!.
Ahora, no quería perderme sino era conmigo y besarme en mis hojas y olores de Otoño. Adornar mi mirada de Luz del hombre que ha vivido y amado en su corazón, ¡tantas veces abandonado!. Quería sobrevolar la Memoria de mi Otoño, tocarme en los suspiros del Alma. Beber el cáliz de mi única sangre. Abrazarme, sin cansar la mirada de la Tierra; feliz con mi dolor, ya no tendré miedo del miedo. Reposando mis días, canto enamorado. Callado camino de mañanas y tardes, fervorosos Encuentros con el Hombre.
No, no se había extinguido la Voluntad, ahora reposaba feliz esperando brotes de Vida que nacerían del paso generoso del Tiempo. La abundante cosecha, había llenado mis manos, rebosado los sentidos. Bajaban Ríos llenos... había más Vida en el granero de mi Sangre. ¡Sal fuera, que asoma el Mediodía y roza el sol los labios suaves de criaturas y sueños!.
Aquel Otoño, era distinto… había madurado con él en mi Alma igual que una cosecha. Era, como si hubiese esperado la siega, para cantar mi Canto. El Aire me lo anunciaba y confirmaba en todo lo que amaba. Yo, no dejaba de admirarme, callado, acariciaba los besos. Había días… que con Mozart, y un poema en mis manos, no dejaba de pensar en el Instante tan fecundo que me alimentaba. Así, una tarde, estuve una Eternidad con Paul Valéry, justo en su “Cementerio Marino”. La traducción, era de mi amigo Jorge Guillén, ¡ya me emocionaba y sobrevolaba! ¡Apasionante Cementerio de tantas emociones vivas!. “El pasado no es sino el lugar de las formas sin fuerzas, a nosotros nos incumbe procurarle Vida y necesidad, y prestarle nuestras pasiones y nuestros valores”
IV
No soy suspiro de frases, siempre me han parecido sangrantes y frías, pero aquella frase “Vivía” y había caído en mí, en el momento oportuno, y hora deliciosa de la tarde. Asomado a mi pasado, allí estaba, como Sombra; vivamente era un lugar engendrado en mis entrañas y formas humanas… Lo más parecido a los Otoños de mi Sangre, y me llamaban. Tenían Vida y necesidad de Alma.
Nunca pensé, que sobre mí cayeran tantos mundos. ¡Tantas Iluminaciones Eternas! y en mí tuvieran lugar la prodigiosa Voluntad de engendrar hijos de la Luz y el Silencio; la pasión, de llorar mi sangre. Se había convertido en una ceremonia de Ausencias y Vuelos, que sangraban mi corazón y aliviaban el Alma. Nunca, había vivido mi Vida así. Era… un Atrevimiento de Existencia. Con aromas, iba recomponiendo mis besos que consentían Amar.
A nadie que le suceda, podrá mortalmente contarlo. Es un abandono de la Sed, para Vivir contemplaciones y voces que alimentan tu otra Existencia. ¡Cuando este abandono me hubiese sucedido en mis años de juventud, no sé qué galope de sangre y fuerza hubieran despotricado! Ahora no, no era momento de huir. Era… el Otoño de mi Vida, que guardaré con más amor y pasión.
Iba diciéndome… este cielo de Otoño no quiere morir; estas acacias salineras es Aurora de Poniente; este Mar de brisas platea; ¡cuántos Jazmines y Estrellas del cielo!; este Ocaso llorará Luz de Silencio… Iba, cantando cada gozo para mi Eternidad. Amasaba mis Sentimientos y los horneaba . No quería, no podía dejar de sentir, amar, aquello que alcanzaba. ¡Era Sangre de mi Sangre, Vida de mi Vida!.
Todo, tenía un lugar en mí, que había aguardado un llanto mortal y no era difícil reconocerlos. Ahora… entendía mis extrañezas del Aire y la Luz, cuando aquellas tardes de mi infancia lloraban voces y me sobrevolaban lamentos que sangraban mi corazón. Ahora… entendía aquellas muertes en mi pecho. !Qué dentro de mi sangre y entrañas anidaban!. ¡Qué ciegos besos al Aire y al dolor! Llegaban… desnudos, alimentaban sombras y desvelos que yo no podía rechazar. Nunca, fui capaz de negarme a mis abandonos y llantos, creía firmemente en la inocencia del Mundo y sus alrededores.
¡No tenía duda de mi Voluntad! Ahora, mi única Vida, consentía vivirla y amarla. ¡Alcánzate la Vida… me decía y suspiraba! ¡miraba al cielo!.
“Viven las Almas, Instantes mortales que felizmente recordarán en la Eternidad, y como un juego infantil lloran cuando nadie las ven”. Su Luz es Silencio y Música que amó, islas de abandonos que el ocaso borró en el Tiempo. Después… cuenta en la
Memoria, de cómo le embriagaba en Instantes de Música el Silencio de la Vida. Y recordaba, y recordaba… mi Vida. No sabía por donde comenzar a amarla y besarla. Desnudo, recién nacido, me dejaba abrazar.
V
Yo sabía, Ella también, que iba dejando trozos de mí, Era una liturgia, que aceptaba mi canto, remontaba vuelos y anidaban en altares de Luz y Oración. Me alejaba de la Tierra… para llorar mi nacimiento, sobrevivía de mi abandono. ¡Héroe del Silencio y la Palabra! .¡Un abrazo en mis aromas y llantos!. ¡Sólo a eso, aspiraba mi Aire y Sangre!. Aquél era yo, enamorado de mi Desvelo: una idea por creer, un llanto por vivir.
Cuando se quiere ser uno mismo las Extrañezas del Aire te lo dicen y como una pleamar de conjunciones, el cielo marca las veredas y esperan pacientemente tu mejor latido de Vida. “Suenan Eternidades de compases al límite de tu fervorosa Alma”. ¿Me estaré yo haciendo difícil de Vivir… Vida mía?. ¿Será esta mi Sangre y Herida… corazón mío?.
Me surgían las dudas del hombre… sin dudar no me asomaría al Universo. ”Es la fuerza que mueve al hombre”. “Tenía que asomarme y tener el Atrevimiento de dar el paso donde el Infinito habitaba y los Aromas despertaban” Quería soñar mi sueño, amar mi sangre, dar la mano a las Auroras que me llamaban sin conocer Veredas. ”Mi única duda era dudar de todo, menos de mi duda”. Estábamos en un mar de dudas, mi Vida y yo.
Estos Pensamientos, no dejaban de anegarme el Alma y volvía a caer en mis soledades y abandonos. ¡No, no te niegues a ti mismo, a tu agua y sed! me respondía en un rincón de mi pecho, y continuaba viviendo.
¡Sólo me quedaba Ella! Era entonces cuando pedía una noche apagada y la Luna oculta en mi corazón. ¡El verdadero drama de mi Vida, era yo!. Que nadie viese que vivía así, que nadie me amase, mi Vida era mía. Sólo, sólo apetencias del Alma… Silencios. Ausencias de mis propios latidos y pasos. Silencio en mis entrañas. Silencio de sueño. Silencio de música. Silencio de aroma. Silencio de sangre. Silencio… de Silencio. Silencio por amor.
En un lamentar dichoso fui recolectando los granos, amasando y horneando el pan de mis días. Ya sentía… el Otoño del Mediodía en mi corazón; no dejaba de libar aromas y besos. Estremecimientos a mi alrededor que me alejaban a los lugares más dispares del Universo. Presuroso, iba y venía por lontananzas, veredas y arroyos. Zumbaban mis Pensamientos como un enjambre de rumores y olas.
El Río de la Vida… reposaba su desnudo canto y alejaba temores de Instantes heridos. Música, que agradecían mis oídos e inundaban mi pecho. Mi Vida, quería pasar desapercibida pero se ahogaba y gritaba de espanto. “¡La Vida, sólo toma de la mano las Vidas que quieren Vivir y abandona las demás!”. ¡Alcánzate una Vida… Vida mía!.
VI
Mis ojos se cansan de parpadear, de esperar el devenir de mis Auroras. Tiempo, que va dejando en mi Alma cicatrices en su huida. Abrir el Aire, abrir el Pensamiento. ¿Nacer de nuevo?. No, no era posible, a lo más una lectura pausada sobre mi libro abierto. Volver a leer mis capítulos ya vividos, mis sueños ya los lloraba… y a pesar de mis besos, miedo me daba asomarme. En la distancia, todo estaba apagado, pero guardaba ese extraño olor a sangre. “Durmiente Destino del hombre que cae en un pozo sin cielos”. No quería ser un Cementerio de mi Existencia. “Olvidar es Vivir”, había escuchado entre los mortales de mi especie. No, no se trataba de ser cruel, pero llegue a alimentarme de mi propia sed… Había algo más que no lograba alcanzar y mientras no lo tuviese, sediento vagaría.
En aquellos días, la música, sólo Mozart aliviaba mis tardes y me llevaba por Eternidades. “La Vida son Instantes, lo demás minutos, años, siglos. Cada Instante, ha tenido que nacer para ser Tiempo, y me invitaba a una danza en honor de él.
Había leído “que decirle al Instante que se detenga implicaba el cese de la Vida”. “Aquel, que quisiese atrapar el Instante estaba condenado…” Yo, no creía, el Tiempo era una sucesión de Instantes, y sin ellos no hay danza de Vida en la sangre.
Lloro el Infinito del Universo, y el si Universo es puro movimiento, atrapaba Latidos de Vida. “Los Instantes son las Estrellas del Tiempo” Así, lo veía dentro de mí mortal existencia. Solo algunos Instantes no era yo, y curiosamente era cuando más presente me tenía abrazado a mis Sentimientos. Eran Silencios, que no dejaban de existir para alimentar mi otra Vida.
Comencé entonces a creer que el Pensamiento se adentra en los parajes mas perdidos y arriesgados dentro del hombre. “El Pensamiento crea…” “El Pensamiento es el Atrevimiento del hombre más Eterno”. Todo lo que pensase, tendría un Tiempo y Espacio allá donde fuese. Infinita Llama… que se ofrecería a llevarme, no moriría, pertenecería a la Eternidad. “El Pensamiento… y dentro el hombre con sus arrepentimientos y desvelos”.
Era, lo más cerca que podía tenerme. Comencé a ser más feliz, al saber algo cierto de mí. Quizás fuésemos sólo y únicamente un “Pensamiento por Crear y Amar”. Todo era él, y era capaz de toda Voluntad.
Sabía en este “Otoño, “que la Eternidad de aquellos que tuviesen el Atrevimiento de escribir, era “Asunto de la Eternidad”. “Nada podíamos hacer los mortales”. Al menos, aquella noche fui menos mortal y me abandoné. No veía tan lejos el Ídolo de la Belleza y la Eternidad literaria. Calladamente, viviría el destino de mi sangre.
VII
Andante solitario de mis Pensamientos… el Otoño llegaba a su fin, abrigaba el pecho con caricias fugitivas del Aire y dejaba de asistir a los ocasos fríos del cielo. El rumor de las olas empujaban los vientos a Tierra. Era… un ensayo del Invierno, quería brotar y celebrar su victoria sobre el Mundo. Empujaba a la Vida, a Vivir dentro de la Sangre… recogimientos de voces que eran aceptadas en mi corazón.
A la sombra de mi Otoño, lloraba mi Existencia, ya… no era una desconocida, y sabía bien, que al Eternizar mis Pensamientos navegaría para siempre. ¡Sólo Ella y yo guardaríamos el secreto!. “Los Instantes de mi Vida no serían mortales, apenas… mi Luz me privase, sería un Aroma de Voluntad enamorada”.
Ahora, mi sangre me mantenía vivo y lloraban mis extrañas emociones de un Universo que me pertenecían como hijo de la Tierra. Era yo, un trozo y un Todo, de un paisaje que callaba su dolor y ahoga su tristeza. Era yo, y todos aquellos que fervorosamente escuchábamos la música, abríamos el pecho, abrazábamos la cintura, y desnudos, llorábamos nuestros sueños.
Éramos llamados al rito… de la Sed y el Agua, al bautizo del Llanto, a sufrir para Amar y sangrar para Morir. No, no era bastante Morir… había que Vivir, y teníamos que contar con la Voluntad. ¡Nacer… era lo de menos!.
Todos estos Pensamientos me mantenían vivo. No dejaba de acudir a ellos y como una sed viva, eran mis días. …Mi Canto no podía huir de mí.¿A dónde iría?. Nadie, le daría cama y comida, y como a un lunático me tratarían. No importaría que quisiese estar con los míos, me preguntarían por mi infancia y juventud, para después advertirme que siguiera solo mi camino. Vagaría por la Luz… rozaría las suaves colinas.
VIII
Decididamente viviré mi Otoño, besaré mi piel de hojas. No abandonaré el Aire y la Luz. Era, una parada de mi Existencia. ¡Viviría… Vida mía, para sobrevivir!. Quería ver en mi Otoño, cuando mi Memoria llorase la cosecha de los trigales, los enjambres dormidos, las vides preñadas, el tomillar en el Aire y la sementera tardía. Quería ver, cuando secaba su frente y bebía agua del cántaro, mientras esperaba asomar por las cañadas silenciosas a sus hijos. Quería llegar, al Encuentro del pan caliente, los besos recién despiertos. Y mientras Otoñea… aletean las cigüeñas en el campanario y las perdices caminan. Quería contemplarlo, cuando llegase al descansadero de la huerta frondosa, junto a la rosalera endiosada y alcanzaba el agua de los canjilones; bebe, y bebe a besos los olores, mientras el verdín rebosa en la alberca. Sí, quería llegar, había llegado la hora de volver con los míos, de volver con mi sangre, de reposar mis emociones en el hervor de la Vida.
Vamos, guardando trozos de Vida, después, en Instantes de Luz, somos capaces los mortales de inmortalizar nuestro propio Canto, en un llanto o gozo, que desde las entrañas parecen arañar.
En esta siega de Otoño “todo subconsciente, era conciente”. De alguna forma u otra, todo por nacer o vivir en mi Vida, había tenido un antes que lo era sin serlo. Yo, estaba inmerso siempre en esa dramática secuencia, y sabía qué iba a suceder conmigo. Ser espectador y protagonista es una navaja de doble filo, así, muchas veces… lloraba sin ver el acto final. Era, sangre de mi sangre, aquellos Instantes nacidos en mi pecho y como hijos les debía un consuelo. Todo en mí, sangraba, no había llantos de mi corazón que no consintieran formar parte de mi desvelo.
Tenía que ser yo redentor de mi sangre, sueño, plegaría. Ir perdonándome, para que mi llanto no dudara de mis lágrimas; mi esperanza de creer en mí y en la Luz que me asistía. ¡Yo, no tenía otra Vida que salvar!.
El Mundo acudía a mí, en una mirada que no dejaba de señalar, como si fuese el único beso capaz de aliviar la Existencia del hombre. “Creemos, que lo mejor para la Vida y nosotros es un pacto de olvidos y silencios, y morimos en el intento”. ¡Apenas sangramos, lloramos sobre el hombro del Mundo!.
No podía ir más lejos sin los besos de Ella, era un amor que sus labios consentían… y mi pecho lloraba. “Seguía mis huellas por el Universo… y no llegaba a encontrar el camino de vuelta”. Pensamos estar en lo cierto, y en un Instante somos imagen y semejanza de nuestra propia sorpresa de Vivir. ¡Pensara lo que pensara, también estaba yo!. Y así, pasaba de un credo a otro.
Aquejado de mis males, acudía a mis Silencios. Miraba el Río de la Vida. ¡Ha pasado mucho Tiempo… desde que este Río baja en el Tiempo, desde que mi Tiempo no era Tiempo, y yo me asomaba!.
IX
¡Alcánzate la Voz… me decía! ¡Tu Canto, no te dejará morir!. ¡Es un bello cielo tu Otoño, Vida mía!. Ya, hemos trillado Llanuras y abrazado el Mediodía, única Verdad que sobrevive al hombre.
¡Mis sombras, ya no quieren ser sombras!. !Amemos nuestra sangre y los días que han de venir, corazón mío!. ¡Tiempo habrá, que tú y yo volvamos en la Memoria y como un enjambre zumben los recuerdos!.
¡Escucha, no llores!. ¡Flotan tus ojos, abreva mi Alma en las caricias del Aire… y los Sonidos de la Luz depositan suaves notas!. Atraparemos la noche con estrellas, y el Amor de la Luna. Dejémonos llevar por tus latidos de Vida y amor de sangre, que el Río… fluye y no deja de mirar.
¡No quiero dejar de amar, cuando el Otoño marchite! Volverán los cielos y los Aires ¡Qué sólo es un sueño del Mundo y ganas de dormir!.
Pídeme… que te vuelva a encontrar, en tus tardes y aromas cuando el hombre cree en sus sueños, ama, y olvida por un Instante el miedo de sentirse vivo dentro de sus temores.
Amor mío, ¿dime qué será de este Canto que no sé cómo llorarlo?. Sólo sé, de mis días y sed, apenas llego… a Vivir.
…Quisiera guardarte, pero de nada me valdría ocultarte, mi Silencio hablaría sin importarle labios y boca. No me dejaría en paz hasta verme morir, arrancaría de mí hasta el último verso y aliento.
¡No estés triste, bien mío, es hermosa la siega del amor cuando han madurado los besos!. ”Deliciosa cosecha en los labios, jugoso bocado en el Alma”.
Has pasado, Otoño mío, amando tus días. Soñando soles de bienaventuranzas en tu pecho, dejándote dorar de recuerdos la Memoria, saciando tu sed; llorando volver cuando la Tierra duerma y apacigüen los vientos.
Cantaré con el Alma, Voluntad dichosa, los aromas y la esperanza de veros crecer… ¡Sentimientos de mis entrañas que viven y alimentan el Aire de mi pecho!. ¡Abrazo de mis Desvelos, ofrenda callada que sufre y ama!.
Quiero ser generoso con mis pesares, bien amados, sufrientes hijos míos y de la Tierra, que yo alimenté. Único beso del Alma que llora de corazón. Mi consentimiento, a mis tentaciones de Vida… que no me alejen del amor de mis besos y del Encantamiento del sueño de soñar. “También los sueños quieren Vivir la pasión de los deseos”. Hijos que asomáis de mis entrañas, nada tengo contra vosotros, si lloráis, os invitaré a Vivir.
X
Después de tantas tardes en la Tierra… el corazón late y no deja de sentir. ¡Bendito latido de mis entrañas!. Todo, vuelve donde comenzó, en el Otoño y en la Vida. Ya, no hay Tiempo. Otros Otoños madurarán, segarán las espigas, sentirá al hombre ir y venir por las cañadas. Reposará en los descansaderos de la Vida, mientras, intenta en la lontananza adivinar la Luz y el Silencio que le asisten. Se quedará para él en la Memoria que lo guarda, sólo ante sí mismo con su sangre, Voluntad, palabras, y las manos cogidas una a la otra.
Saciará la sed y dormirá con él. Esperará pacientemente, que el Aire madure. Escuchará bajar el Río de la Vida y en las riberas asomarán los reflejos del único Canto, que fluye hacia el último Destino. “Somos… la única Plegaría de la Tierra que sus pechos alimentan y fenece hambrienta”. El resto de los hijos, sacian la sed en fuentes y arroyos, comen de la cosecha, descansan al intemperie y sueñan.
No es el Tiempo para ellos crimen de sangre: dichosos llegan… madura la piel y corazón. Rendidos del camino, alcanzan la Paz de sus días y dormirán como héroes.
No quisiera yo, guardar un Sentimiento a los míos, siquiera un brote de mi sangre. Mi Vida mortal, no oculta nada que no veáis. Mis Eternidades son abandonos de mi sangre que lloran y no saben a donde acudir; no sabría yo sin ellos, cantar. “Guardamos para el final, nuestros más sentidos besos y abrazos como si de una muerte se tratara”. “Sin querer, permanecemos en nuestra Memoria, al ir dejando huella”.
Era mi Otoño… también Destino de una Memoria que dormiría en el hombre la música y compases del corazón. ¿Guardaría para siempre las hojas y Aires de aquel Tiempo que tanto amo?. ¿Llegaríamos dichosos al Invierno, para dormir los sueños y voces del Mundo?. ¡Ya, me llegaban los aromas de la Tierra mojada! ¡Ya, me besaba el Alma!.
Me queda la Voluntad, dichoso fuego, Infinita llama que enciende mi Palabra y Sentimiento. Destino de una siega y lamento que perdona su dolor y asiste desnudo, feliz, a la única mirada del Mundo que conoce y ama. Me queda encontrar la Música y el Canto de mi corazón. El Encuentro con todo lo que creo, la oración última a mi Cielo. Mi plegaría mortal a mi Existencia. La Paz conmigo mismo y con todos aquellos, que antes que yo soñaron con el Otoño. Llenaron sus manos de espigas, y descansan bajo un Almendro. ¡Alcánzate un sueño… me decía en el Otoño de mi Vida!.
XI
El Otoño se había dormido. Pensamientos y Voces del hombre encontraron en la Tierra, la Razón y Voluntad de Vivir. No lloraba, bien merecido era el descanso ¡después de tantas tardes de siegas!, supliqué la Paz y Silencio en su Memoria. Había colmado los graneros, danzado, y en sotos sombríos parecía que anunciaran la despedida Aires y Aromas. Todos estábamos presentes cuando asomó el Invierno: Cielo, Tierra, Tiempo, Voluntad, y Hombre.
Un nuevo reflejo de Vida asomaba por el Horizonte, la Tierra aceptaba la vuelta de frías Lunas. El mismo Hombre, la misma Voluntad, seguirían compartiendo el Aire que les llevó a nacer en el Universo del Pensamiento. “Sueña la Vida dentro de la Tierra que brotará su más tierna infancia, y nacer siempre es hermoso”.
Yo, había madurado mi “Otoño”, y después de muchas lecturas estaba “abandonado en mí” mientras la Luz y el Silencio lloraran. Ahora, Sentimientos y Emociones necesitaban que el Tiempo llorase en mi Memoria, y preguntase: ¿Quién me había herido?. ¿Qué batalla había librado?. Mi vuelta a la Vida después de mi Canto tenia sabor de nostalgia, sangraba… Y volvía a comenzar.
No sería yo valiente,
si no curase mis heridas y
en el hervor de la batalla
no arengara mi sangre… y
consolase mis lamentos al Aire.
No sería yo valiente,
si no durmiese al intemperie
con mi desvelo como única arma.
Nunca, creía acabados mis vuelos, siempre espigaban nuevos y mortales latidos. Sí llevé mi Encuentro a un profesor de filosofía: amigo curtido en mil batallas de la Dialéctica; a una profesora de
Lengua: ángela de las letras; y a cuatros ninfas de muy distintos ríos y brisas. Hasta ahora… no habían llamado a mi puerta, no había sufrido un interrogatorio de sangre. Sólo Ella, cuando lo leyó, creyó lo que no era, y era…
Ahora, parecía una Eternidad que posase sin anunciarse, cuando aquella tarde deposité en sus manos “Al Vuelo”. Era Primavera en nuestros corazones, habíamos bebido en cristales brillantes, y el Amor lo festejaba con antorchas y desvelos. Yo, la había amado en la Piel, y en el Alma. Habíamos sido Aire, Música, Poema, Universo, Fuego adolescente y Crepúsculo purísimo. “Cómplices del desalojo mortal”. Y ahora, lloraba cuando acogía en sus manos el Poemario. Yo… no alcanzaba, ¡qué dolor, que mi dicha llorase así!. Fui torpe, muy torpe, como siempre. El dolor de sus lágrimas era la sospecha, con el corazón roto, de que a partir de aquel Instante tendría que compartirme con el Tiempo.
Hasta ahora, yo había sido suyo en la sangre, en los antojos del Alma y destinos del Viento, y cuando teníamos sed, bebíamos de un único Instante en los oráculos del Deseo. Habíamos contemplado a la Aurora cuando las Horas abren el pórtico celestial, el Carro de Apolo y sus caballos de pies alados. …Mortalmente nos quedaba Vivir y Amar en cada gesto, palabra, llanto. Nos asomaríamos juntos al Universo de la Existencia y Creación, para detenernos en el nacimiento de Sueños y Esperanzas. “El Sueño de la Plenitud, amor mío, está por alcanzar”, para nosotros es un Desafío que no deja de alimentarnos y crecer”. Creamos en nosotros, en la Llamada de las Auroras en tu cuerpo, y en el brote del Almendro en mi Sangre.
¡ No me distraigas de tu cuerpo
que mientras te amo
sobrevuelo el Aire que respiras
para abrazarte en el alma !.
XII
Aparecieron páginas vividas en blanco que iría escribiendo, ya había vivido para contar y no guardaba secretos, siquiera miedo a los dioses. Después de haber estado con Ovidio, alcanzaba las realidades y sueños que viven en el hombre. “Viven los mortales sueños de dioses, y los dioses pasean por la Tierra… engendran hijos e hijas que olvidan su mortalidad”. Hermoso sueño que no ata al hombre y toca el Infinito, saborea la Eternidad… y vuela ; sus alas de soles no descansan de soñar. Así la Vida, debió ser menos oscura que la nuestra, de Oriente a Occidente, de un Universo a otro. “En un Atrio de Rosas las hijas de Minias, cardan la lana y con sus ágiles dedos tiran de los hilos… igual que las leyendas que ponen en sus labios”. “Felices días en la Tierra cuando los dioses vivían con los mortales, no habían temores, sí criaturas y sentimientos de sueños”. Todo, estaba por Amar: el Universo esperaba el compás brillante del movimiento, y Creación. Presente perpetuo, ya sin Tiempo…
DIÓTIMA
No regreses a la Tierra,
oh Diótima.
Los hombres han olvidado la belleza
e infancia,
apenas guardan aromas;
las estatuas de los dioses yacen
vencidas.
El Tiempo no regresa…, no brotan alegres
compases de espíritus y liras;
los ríos bajan desiertos y vagan
hombres y destinos.
Huyen ¡de tantos sueños sufrientes
que se hiela la sangre!,
ignoran voluntades y esperanzas.
Mis Instantes eran distintos en el Tiempo, no en mi sangre, “mi corazón era la misma lágrima, después… de tantos Desvelos”. Me acompañaba con Silencio de Estrellas, y me hablaba de otras Almas, Pensamientos, Universos, Hombres. Había… otros llantos en el Mundo con el mío, hijos de la Tierra que suspiraban la música, escuchaban el zumbido de las abejas, acariciaban la luz del ocaso… Y éramos libres en nosotros, y en el llanto de nacer de nuevo.
XIII
Dulcemente, la Memoria había despertado el pretérito en el presente; después, mientras reposaba la cabeza, soñaba luminosos Instantes con sabores de la infancia: la huerta, el cortinal, la arboleda, y piñonate… mucho piñonate, junto a mi madre. “Creo que me sentía como el chiquillo que se pierde en una feria de colores y sonidos… y antes de encontrar el camino, prefiere seguir perdido y abrazarse”. ¡Dios mío, aquel era yo!, con los bolsillos colmados de sueños… y ya presagiaba mis Ausencias y Desvelos por el Jazmín; quizá, intentando adivinar los vientos; quizás, eternamente perdido. “Es el hombre después de asomarse al Universo, un infinito sentimiento de Vida… abrazado a sí mismo, mira las estrellas desde su horizonte.”. Camina veredas, reposa, y vuelve a caminar guiado por la música de la Creación, y un día descubre que el centro es él. Lo contempla toda la Tierra, que espera callada… que florezca de entre Pensamientos y Voluntades, el sueño más Inmortal.
Mientras aspiraba mi Aire, había vuelto de un “Vuelo” en la Memoria y Mirada de mi padre. Me sentía dichoso del Poemario, había descubierto que estar con él, a pesar del Tiempo, no sangraban olvidos del corazón. “Lo hermoso del recuerdo… son los llantos secretos”. No me había permitido que me alejase de su pecho y quedaban miradas más allá de la Memoria.
Llegué a saber de mí en este Poemario, que mi Canto, no se dejaba adornar, quería nacer de la Sangre a la Luz… desnudo. Hacía Tiempo que lo sospechaba, pero ahora me lo confirmaban mis latidos. No, no sería un autor de tocados: lloraría la lágrima con dolor; soñaría con sangre; caminaría descalzo; moriría mil veces, y mil y una me levantaría; y volvería a suspirar… por Ella. Yo, aceptaba mis naufragios en noches de tormentas y los vuelcos de mi corazón. Presagiaba mi rumbo sin estrellas, de batalla en batalla, de herida en herida. ¡Qué inútil resistencia, cuando los dioses no quieren mirar y te abandonan a tu Destino!
Amaba el Llanto de este “Vuelo”, era el último. Había conseguido despedirme de Ella y los míos, con las palabras y emoción reservada a los mortales: con Latidos de Dolor y Luz de Silencio. “Fue, un Instante tan breve como hermoso”. “Debió ser así, la primera vez que el hombre cantó una despedida en el Alma, y lloraba… ”.
Fin de mis “Vuelos”,
que por siempre
guardarán mi corazón.
La Luz y Silencio
fueron mis compañeros.
Dulcemente el Amor,
calló y sufrió.
Ella, nunca me abandonó.
Después de este Canto Final, pocas cosas podía pedirle a mi Vida, humildemente mi Canto lo era todo. Continuaría mi camino, abrazado a los míos, ofreciéndome a las Emociones y Pensamientos del Hombre. Contemplando, asombrado de un atardecer de Surniente, ¡qué secretos los llantos del viento cuando alcanzan la Orilla!.
No, no iba a dejar de crear. Ya creo haber contado… que hace muchos años que convivo con san Juan de la Cruz, de él nació “tras de un amoroso lance… al Vuelo”
Pasaré como el autor de los “Vuelos”, pero su consagración en Vida, me pedía en la sangre abrazarme con ellos en mi Memoria. “Me asemejo bastante a una amiga, que cuando ve un niqui que le agrada, se lo compra de todos los colores… y es la más feliz del escaparate”. Yo, adolezco la misma fiebre… pero con las palabras. Cuando me enamora una de ellas, “todo el diccionario para mí…”, la llevo, la vuelvo a llevar, a dormir y soñar. Pero el lenguaje puede llegar a perder efectividad en la monotonía de la repetición y sobre todo ¡cuando lloran tantos besos…! Eran los “Vuelos” que mi Alma habían consentido, y ahora me disponía a comenzar un nuevo poemario. Guardaba de mis “Vuelos” todo lo que un hombre es capaz de sentir y alcanzar. Habían sido un Universo de Amor y Asombro, que en el Otoño de mi Vida habían madurado, y recordaba a Hölderlin cuando murmuraba: “el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”.
Mis locuras pasajeras no cegaban mi sed de aprendizaje, y volvía a mis textos y lecturas. Contaba con la Palabra y Voluntad, y me había vuelto muy selectivo con los autores y la Vida. Mis Emociones… no dejaban de llorar, curiosamente más generosas cuantas más tareas de jardín, mi contacto con los árboles, plantas y el agotamiento físico me llevaban a la ciega que yo soñaba. Se había convertido en un rito que aliviaban mi corazón hasta sangrar. De siempre las faenas del campo fueron para mí Sagradas, el hombre volvía a la Tierra, los desvelos y llantos encontrarían el Pozo donde calmar la sed de su Existencia.
XIV
En mis tardes de Invierno miraba al Cielo… Eterna mirada de desvelo, soñaba con mi Otoño dormido. Ahora, están los valles envueltos en Nieblas y Silencios. La Tierra, abriga a los hijos de sus hijos que huyen de tormentas y fríos. Ya, las sombras de chopos y encinas, vuelven los rostros al fuego, y el Río de la Vida observa cómo se hiela la sangre del hombre, y agoniza de espanto y dolor.
Pedí a mi Invierno, que mi muerte fuera Vuelo del Aire, Gozo del Mediodía. Morir así, me libraría de mis llantos y desvelos. ¡Había muerto tantas veces!, conocía mi llanto en los Instantes de dolor en el Alma: los desgarros de la sangre, el Eterno abandono en que quedaban mi Aire y Aroma, ¡y la pena mía, sólo mía!. ¡Qué sonoro lamento!
Ahora, la tarde era un Suspiro de espera: Luna de frío y poda. Abrazado… a mi sangre y calor de entrañas pasaría conmigo las noches de Invierno… eternas y calladas. Es entonces, cuando los compases de la Vida se hacen lentos, muy lentos, quedan prendados del fuego y pavesas en la madrugada. Conversando de lo Infinito y Finito, del auxilio divino que presta lo Eterno a los Pensamientos del hombre; de cada Alma y suspiros que alimentan el amor… como si de un mar de estrellas se tratara.
Después, el sueño agotaba mi vigilia y me asomaba para contemplar la noche, cómo se creaba y recreaba de sombra en sombra y en ella misma descansaba la Luz.
Esperaba la Luz para salir de mí, miraba con ojos abrigados el Mundo, que seguía por la senda del Universo y Pensamiento. “Son momentos dichosos ver al hombre caminar, investigar, preguntar, detenerse en los descansaderos de la Vida para averiguar los vientos, estrellas, y llegar al Mediodía, plenitud de soles que aún la Tierra conserva”. “Es la Voluntad más brillante que el cielo reparte a los corazones, coronando al hombre de majestad”.
“En Invierno, las “Danzas” de Mozart son dulces manzanas al fuego del corazón, jugosos compases de entretenimiento que comulgan Aire de Eternidades e Infinitos”. Las tardes: confesiones de Luz, reflejos divinos, un ensayo de esperanza en el tránsito de la Vida a la Muerte. Reposo, breve Arcadia de olores y ocasos en el corazón del Hombre.
Trenzábamos mi Alma y yo, sangre y sueños con ella y al compás brillante de la música volvíamos a las veredas y surtidores de la Vida. Eran, soles breves, llama de un latido a otro, acompañamientos del Silencio en el ocaso de la Luz. Con estas “Danzas”, caminaba cautivo de mis entrañas y goces, navegaba como argonauta del abismo que se dejase caer sobre sí mismo… en un Mar recién nacido. Me dejaba arrastrar hacia otro confín de brumas, olas. Mareas de anhelos, lágrimas, perdido en el sueño de mis deseos. Invocaba mi exilio. Allí el Aire, Viento, Lluvia, Lamento, Música, Amor, y el Destino… aguardan la señal. Allí, tuve el atrevimiento de mirar a los dioses. Allí, extrañas Almas gozaban de mi presencia. Allí, lloré… huérfano de mis verdades y mentiras. Allí, fui huésped del Silencio y la Luz.
Como una brisa que me llevase a otra playa, mi Pensamiento moría y nacía, y no era el principio de un final…, que final nunca era. “El hombre y el Pensamiento”, todo lo demás está, estará, y le acompaña, testigo mudo, junto al devenir de sus días. Es un canto que también quiere dolor, ¡ay, mi Pensamiento y yo!. Éste, era el canto de mi Destino en estos días en la Tierra: Música, Hombre, Eternidad… y un Sueño de Estrellas que tuviese compasión de mí, con la flor del Almendro y el Jazmín… y morir cuando los ocasos son aromas que la tarde no fingen.
Coronados reflejos asomaban para calmar al Mundo, apaciguaban los brotes del Invierno, que ya era muerte en la Tierra, paraísos despojados y vientos crecidos… No, no bastaría mi sangre para que me aceptara yo y mi Vida, y volvía a reencontrarme en mi Voluntad de nacer.
XV
Retomado mi Encuentro, había vuelto atrás, en la mirada y vereda. Sí, era mi canto, miserere desgarrador. Había quebrantado el Silencio en el templo de mi pecho, había llorado al intemperie con temblores de carne y espíritu… rendido a mis temores.
Rota la ligadura mortal, pude contemplarme desnudo y abrazarme en el secreto laberinto. Era mi llanto, trémulo océano de olas y crestas, y así, había comenzado mi Vida… Ahora, mi llanto anunciaba mi nacimiento, y era doloroso, ¡ensangrentado y ferviente! Era, la única forma de nacer; yo… no lloraba otros pechos que el Amor y la Palabra.
Al principio fue mi llanto,
hasta que los pechos de mi madre
aliviaron mis lágrimas y calentaron mi cuerpo.
Besó mis labios en sus labios,
humedeció mi aliento y
lloró mi sueño.
Para después Vivir… la sangre pide sangre, exilios, lamentos, y mendigar a las estrellas, y todo… sucede tan rápidamente. “Para Morir, hay que Vivir”. Es dichoso morir por amor o idea, la renuncia tiene algo de héroe y bello, nos consagra más allá de llanto y voces. “Podríamos continuar nuestro camino sin Morir, renunciaríamos a Vivir…”.
El Alma, tiene mucho que llorar cuando ve quebrantada la Voluntad del hombre… es la prolongación de entrañas y sueños, participe de la Creación y reflejo del Amor. Es, su Inmortal idea de Eternidad que le acompaña por veredas y arroyos.
En una tarde fría y desairada tuve el Atrevimiento de bajar al “Infierno de Dante”. Hacía Tiempo que lo deseaba, habían pasado muchas Lunas… Desde el amanecer, ya me lo había confirmado a mí mismo, para que fuese preparando mi espíritu. Era, un regalo que me hacía a mi Voluntad. “Cuando se desea… se llega a soñar sin recelos de voces y miradas, vamos abrigando Aires y Aromas, para asentar en nuestro corazón, la llama que esperamos”. Ya, la llegada del libro a mis manos había sufrido espera y anhelo que no dejaban de llorar… Hacía tiempo que sufría ansiedad y vaticinio. Me disponía a comenzar una lectura que amaba sin conocerla. ¡Qué atrevimiento más mortal! Ahora, quería llegar como brisa capaz de consolar y amar a las Almas que penan y ahogan su llanto. Mi única paz, era que bajaría de la mano de Dante y Virgilio, y ellos me llevarían en el Silencio más brillante del Conocimiento.
De los tres Destinos, era el Infierno quien más me enamoraba. Después de mi descendimiento, y rodearme de aquellas almas, la tristeza me anegó. Sienten las Almas, la caída penosa y oscura en el pozo del lamento, la pérdida de la Luz, el abandono de su más preciado bien. Se descuelgan temblorosas en los abismos del horror y tortura. Allí, se contemplan con sed y horribles criaturas deformes le persiguen y gritan, ¡pobre Alma! ¡pobre Alma,! En exilio Eterno vagaba la Memoria del hombre, principio de toda buena o mala voluntad, de un fuego a otro, de un dolor a otro; y el suicida, horror de horrores, estaba desprovista de toda apariencia humana, siquiera en el Juicio Final, su cuerpo besara el Alma, permanece ahorcado en el bosque del llanto y dolor. Dentro de mi vértigo, sentía un arrebato místico hacía aquel Infierno. No había devenir para ellos… ya sus noches no tendrían Auroras, y agonizaban de fiebre y miseria. Fue todo tan real que pensé… ya estoy muerto.
Fue entonces, cuando comprendí a Dante y su frase que hizo escribir en la puerta de su Infierno: “También a mí me creo el amor eterno”. Un Alma llena y poderosa no sólo se ejercita mediante dolorosos e, incluso terribles privaciones; sale de tales infiernos con mayor plenitud. Sale del infierno crecida de voluntad, amor; sin temblores de labios y manos. “Duermen dichosas en el Amor que les asisten y alimentan”.
XVI
Mis días de vinos y rosas habían pasado… yo, lo aceptaba como tibia noche. En aquellos días creía mi Vida no tener secretos, fuera perfume o estrella alcanzaba la Luz, y en Instantes, gozaba de la llegada brillante de sueños. Surcaba mares, océanos, playas de soles y danzaba en compañía de hermosas criaturas y soledades.
Yo amé aquella locura… Atrevimiento de Existencia en sangre y deseos. Mi Universo creaba a cada paso del Viento y Aroma, sin huellas, sin Memoria de Vida. Yo, no tenía pasado donde contemplarme. Yo, era mi Tiempo, único instante. Y comencé a sentirme parte del Pensamiento del Hombre, eslabón de la Creación… continuo fluir.
Todo, estaba entonces por Amar… virgen los besos, virgen los labios. Todo, estaba por querer ser. El Destino de mi Sangre, era el llanto más dulce de mi pecho. Desde cualquier cielo socorrían mis sueños y anhelos, y lo festejaban mis latidos arrastrando mi corazón.
Reflejo de un sueño brillante y dichoso eran mis días, de consagración al hombre por el hombre… partícipe de un Todo luminoso que me atraía más allá de la Tierra. Conciencia lógica de todo ser que nace, y crea a imagen y semejanza de todo aquello que sueña.
Esperaba… atardeceres Silenciosos del Alma para averiguar algo sobre mí. Mi Tiempo se detenía, no reconocía aún mi Existencia. Callada Memoria la de aquellos días cuando no había vuelto la mirada y no tenía secretos. No fue Primavera eterna, sí atrevida de Existencia, Vuelos de Amor, Miedos, y Ausencias. Sólo cuando me ausentaba sobrevolaba mis Pensamientos, que hacían estremecer mi pecho y temblar mis manos. Me preguntaba por las razones y destinos del hombre cuando no tuviese sueños y despertarse sin vivir. ¿Acaso era yo igual que todos y compartíamos una misma Vida de Memoria y Existencia?.
… Ya entonces, despertaba mi Voluntad y abrigaba mi pecho la llamada del Atrevimiento a Morir cuando el ocaso diluía la Luz, ¡eran tan hermosos aquellos oscuros Pensamientos!. Llegaban y arrastraban mi corazón sin misericordia. Morir con el Ocaso no era tan terrible, frontera dichosa de besos y sueños… para contemplar desde el otro lado el nacimiento de la Luz .
Después… iba lentamente despertando para alcanzar un nuevo deseo. Eterno Sueño, que hoy a la sombra de mi Otoño, dulcificaré para siempre. “No por recordar entristece el Alma, alivia pesares y aviva el llanto”.
El Río de la Vida, brama aguas arriba entre piedras y desfiladeros… no teme su caída, remoza alegre y confiado desde cimas claras y elevadas, fluye al compás de la fuerza que multiplica la caída.
Fueron días de romper a la Vida, con ojos, manos y pecho. De agarrar con ímpetu la mirada del Universo e imprimir rostro a la Creación. No descansa el Destino… baja en arrojada llamada del Mundo y Voces, sin abrevar en Sotos y Llanuras, abraza la Luz, llora el Silencio. Y pasa, pasa… el Canto de sus días enamorados.
Los campases de Vida… se mecen abiertos y hermosos, los cielos de soles regalos del camino. La sed… ¡bendita sed, de aguas claras!, ¡noches brillantes al corazón soñador!.
Después, el Río de la Vida, comenzó a llorar el sosiego que le abatía… lloraba el eco amado de la fuerza, besaba una orilla, besaba otra.
Reposaba el Canto, se contemplaba en los inmensos ojos de la noche y creía escuchar al hombre.
¡Por el instante de este momento
moriría yo,
como muere el alma de la rosa
derramada de olor!.
XVII
Yo, había contemplado a los mortales reprimir Emociones de Vida, morían de tristeza, sin saber del frío o calor. El abandono a suspirar cegaba el alivio del Alma. Se negaban el sentir de los besos, el dolor de la lágrima, ¡negaban a la Vida, la Vida!. Creyendo ser más fuertes y poderosos… daban por satisfecha la noche oscura de su Existencia.
“Nadie, tiene consuelo del temblor y lamento”. Así, un día aciago, la Vida, con la misma que había bebido, trasnochado y derribado colinas, me hirió, no supe defenderme, daga no llevo. La pena… sangró mi alma más que a mi pecho, ¡mi corazón, frágil lucero de espumas y latidos!. De todos los llantos, el llanto del Alma es el más sufriente, se siente morir, abandonada a la soledad y desgarro sin fronteras, sólo el consuelo aflige más dolor. Doliente la sangre, doliente los brazos, sobrevuela la muerte queriendo posar el lamento, ¡maldito dolor de memoria!.
Después anidan temores… con gestos y quejidos, extrañezas y sabores amargos de entrañas. ¡Qué agonía de muerte!.
Ven, ven corazón mío,
devuelve las limosnas
que te han dado,
los sueños que has robado, y
las lágrimas que has llorado.
Ven, ven corazón mío,
sangre de mi sangre.
¡Latido de mi sentir!.
¡Yo, te daré los besos
que te han negado!.
¡Ay, el amor pudo crearme más pobre, corazón mío!, no hubiera llorado así. Perdido… en el Horizonte de mi Existencia hubiese pasado como hoja de Otoño y agua mansa. Mis labios no tendrían sed, ni fe mi credo. Pero no fue suficiente… tuviste que despertar en mí Desvelos, asomarme a la noche y atarme a mi Memoria, a mi Destino… de sangre y lágrimas. ¡La Eternidad me juzgará por el Silencio de mi Llanto! ¡Rendido al Universo de la Creación, ya, eran bastantes mis Lamentos…!
En aquel Tiempo de vinos y rosas mis Instantes eran Valor y Fuerza, me detenía pero no me asentaba, no por eso dejaba de abrazar y guardar cuantos Aromas me llegaban, es así, como ahora reposan en mí trozos de Vida.
“Todo… estaba dicho” afirmaba mi maestro Manuel Sito, consagrado de por Vida a nuestra hermosa Lengua y Literatura, hace ya muchas siegas. Desde entonces aquellas palabras-sentencia no han dejado de volver a mí como Pensamiento de desdicha, quizás de horror o de mortalidad. Me llamaba y volvía a llamar… ¿Qué podría haber de nuevo en Nosotros? “Si todo… estaba dicho” ¿Todo estaba llorado, vivido, desterrado, perdonado, abandonado, amado, acabado…?. No, no podía ser ¿éramos nosotros últimos reflejos de Nosotros?. Si la Creación no deja de crearse, mirarse, y reflejarse en cada Alma… ¿Dónde nuestras orillas de Amor, Llanto, Vida, Muerte?. ¿Qué Espacio, Tiempo y Pensamiento son los Instantes nuestros llamados a ser Voluntad brillante de cada hombre? Todos pregonamos Pensamiento… de Pensamientos, ¿tanto Tiempo llevamos en la Tierra que está todo… dicho?.
“Ser mortales nos limita en la Vida, no en la Muerte, es suficiente hermoso para dejar de crear, llorar, latir, aunque sean nuestras miserias”. ¿Acaso se lo diría una Primavera de Rosas, un Invierno de Nieves, un Llanto de Dolor?.
XVIII
“Mi enfermiza Ausencia”, me alejaba de la Tierra. Ausencias de frío, calor, llanto, Muerte, Vida… suplicante Gozo en un Universo de orillas lejanas y Océanos brillantes. Al principio… me dejaba abandonar como viento que braceara cuantas emociones y llantos lloraban, después abrigaba en mi pecho el Instante de la llegada: Voluntad de ofrenda, quietud dulce y clara, Aires secretos, Ocasos de música. Así supe, todo aquello que mi Alma silenciaba: tránsito dichoso de la Muerte a la Vida, sin más hálito que mi canto. Los Aires dulcifican mi pecho, rozan mis labios y refrescan la tibia noche, ¡hermoso descubrimiento del hombre y alrededores!. ¡Divinos placeres, el Tiempo no existe!. Ha dejado de ser sombra de la noche, madrugada cautiva, ¡encendida llamada de Soles y Lunas!. Mis Ausencias embriagaban mis pasiones… hervor de sangre, sobrevolaban todo lo que sobre mí cegaba la Voluntad de mi huída. ¡Ay, debí quedarme dormido, cuando despierto soñaba!. Es otra Luz llorar el Universo de la Creación, sólo… quería abrazar en mi pecho la llama, espigada fuerza de mi Canto.
Se ejercitan voces interiores y entrañas de soledad: Atrevimiento mortal… más allá de veredas y arroyos para alcanzar el más brillante Silencio. “Es hora entonces, de las Iluminaciones Eternas e Infinitos profundos, suficiente, para que hombre se encuentre con su mejor reflejo”.
Ser mortal nos sangra en lo más profundo, y aún así, somos capaces de aceptar la sospecha de la Eternidad. ¡Bendita llama!. “No hay un abrazo más inquietante que la espera, nos deja Vivir… sin Vivir, Morir… sin Morir”. Nos queda el consuelo de aliviar nuestro llanto, surcar el Universo de Emociones y Pensamientos.
¡Abreviemos la espera del Tiempo!. Él, no llorará nuestra ausencia, pasará, pasará… segando, trillando Lunas y Soles del Mediodía, se dormirá en la Memoria del hombre cuando el Otoño sea un breve suspirar de hojas.
En aquella Semana de Pasión… en el Aire Ella, en el Aire la Ausencia, mi llanto… en un Gozo de olores y espumas.
Amárrame a tus labios, bien mío, y
suéltame en su huerto de hierbabuena y romero
alrededor de un pozo freso.
Corra por mi cuerpo acequias al azar
aliviándome la sed que de mi amada alimento, y
al atardecer… a la sombra de un jazmín infinito,
apoye mi cabeza en su vientre de olores y espumas;
y el tiempo cuaje el almendro al anochecer
para que yo le muestre los frutos.
¡Corre… ve y dile a mi amada
que su amado la espera!
Y en el gozo llegaste.
XIX
¡Dios mío, qué inquietante mi Vida!. Después del Otoño.. ahora en Invierno no cesaba mi llanto. Los fríos vientos hacían recogerme en mi pecho y al llanto de mis lágrimas se sumaban el cielo, el mar, la lluvia. Es sobrecogedora la Memoria, cuando el hombre se detiene en él, y llora su Existencia… sangra todo el Universo. Todo, lo sabe el hombre de él, lo sabe dentro de sí, pero para él que nunca tendrá Tiempo.
Ya, era un Atrevimiento que me contemplara y llorase así, al menos después la Vida, me haría sangrar menos. Llorarme a mi mismo, quizás fuera un acto de desagravio a mi Voluntad, siempre creyó en mí. Cuanto más mortal lloraba, más suspiraba mi Eternidad, duelo de titanes, que en Aire sangraban sin victorias. Me sometían a crueles cautiverios, después… me alejaba en el abandono…
Deberíamos los mortales aprender en nosotros a desnudarnos, lloraríamos sobre las vergüenzas que somos capaces de fingir, así, al menos no tendríamos que pedir limosnas. Podemos creer verdades sobre verdades… o mentiras sobre mentiras… para una batalla sin victoria, pero con desenlace final. ¡Ay, qué mortal mi llanto. No debí consentirme a mis abrazos y emociones. No, no debieron dejarme solo, ante la inmensidad del Mar, la Luz del Mediodía y el amor de Ella. ¡Ay, el amor pudo crearme más pobre!.
Saber de cierto lo que había en mí, me ahogaba en la miseria de lo finito. …Este conocimiento tan profundo enriquecía mi ser, tanto más, cuanto más conciente creaba de la nada. “Clara noche de la nada… que flota en el vacío”
Hay un querer Infinito sentimiento de Vida que no abandona al hombre, le acompaña en la búsqueda de su mejor yo. Quiere ofrecerse a la realidad de su Existencia y no descansa.
Busca y no deja de buscar… una “Alma bella” donde libertad y amor sean reflejo de un mismo deseo, donde la Memoria de los días sea un infinito real de un hombre que ya no quiere soñar. Vivir dentro de sí, es como una proyección clara y serena que alcanza la plenitud.
XX
Soy un universo sin acabar…
voluntad dichosa del corazón,
latido hospitalario de mi destino.
Soy, mi compás sonoro de vida.
Soy, Dios mío, mi fin.
Cuando comencé mi Encuentro sospechaba de mí… era yo quien tantas veces llamé a la puerta de mi corazón, era yo la noche que suspiraba. De ahí, que haya querido llegar desnudo sin mas vestiduras que Voluntad y Palabra. Esta Existencia en el límite del vacío, engendra angustias y tormentos que después emergen en mundos de creación y belleza. En la medida que mi búsqueda me encontraba, mi deseo transcendía mi fuerza creadora.
“La verdad no es exacta”, decía Hegel. Tampoco es el hombre.
¿Qué nos queda entonces?. Nos queda la deslumbrante experiencia de Vivir y Morir. Manifestaciones únicas del hombre elevándolo a conciencia y palabra, pleno equilibrio de voluntades y reflexiones.
En este horizonte, donde soplo vibrante soy, mi Otoño ha colmado apetencias mortales que parecían inalcanzables hacia la Luz de la Realidad de mi Destino.
Después de tantas Lunas conmigo, creo entenderme un poco más, y eso es infinitamente nada, nada de lo que yo crea y averigüe para el universo que soy, lloro y amo.
Quiero guardar a mi madre, de ella soy lágrima, y heredé este “dolorido sentir”. Quiero ser merecedor, prolongación de su amor. “Nada más hermoso que el pretérito comparta con el presente aquello que es suyo y le pertenece”. A mis hijos, y a Ella que permanece junto a mí.
El Invierno… llegaba a su fin.
¡Qué ya se abre el cielo,
qué ya se abre el jazmín!
¡Qué ya sangro!.
Durante muchos días leí y volví a leer este “Encuentro” y cada día eran extrañas la Luz y el Aire que me acogían. No sabía que hacer con él. Después de encontrarme conmigo mismo, todo iba a ser diferente para mi Vida y los que me rodeaban. Si ellos no lo notaban, pensaría que me ocultaban algo. Era una lágrima y verdad que me miraban. Como una liturgia sagrada, fui paso a paso, desnudándome hasta quedar en el Sentimiento que me llevó a escribirlos. No querría caer, en otras tentaciones que me
arrastrasen al perdón de mis Sentimientos y Sangre. Por una vez, iba ser héroe de una causa Enamorada y Mortal.
Manuel Aragón.