EXTRAÑO
A veces me pregunto, qué extraño sería para el mundo contemplar aquel niño comprar unas monedas de gitanillas y madreselvas. Caminar presuroso por las callejuelas como quien llevaba un tesoro de desvelo que el tiempo iba a marchitar y a bañar de aromas. Cómo un tallo, sentía la fuerza de mi alma inundar mi pequeña vida y ungir el aire de sagrados remansos de melancolía y matices que fueran condensando el tiempo. Eran largos atardeceres donde un poniente de primavera asomaba presa de los colores tiernos del cielo y flotaba el mundo en un recogimiento de silencio. Cuando la noche apagaba los últimos sonidos, caían sobre mí otro aroma más cálido, más eterno, que no le bastaba sino mirar a las estrellas.
PROMESA
ERAN las horas de la tarde las más misteriosas para el niño, cuando se deshacía el tiempo en una siesta de quietud. Ese mismo tiempo que le iba arrojando de cielo en cielo, de aroma en aroma, ahora se sentaba junto a él para hacerle entender que dispusiera hasta el último rayo del ocaso, que él no se extinguiría, que esperaría pacientemente que mirase las estrellas, escuchase los grillos y con los ojos abiertos tocase el amanecer. Tan seguro estaba de aquella promesa que intuía que no le dejaría solo siquiera un instante, y presentía que el mundo con él iban a llevarle a otro mundo que desconocía, que no sería jamás arrojado del paraíso, de esa alabanza misteriosa que le acogía. Pensaba yo entonces que el tiempo no se dividía en horas, ni siquiera en siglos sino en eternidades. Era, el absoluto silencio que invadía mi cuerpo inmóvil, sereno. Y palpaba el orden bello en el que mi alma me mostraba el agua, la luz, el aire y el verdadero tiempo donde nacía.
LA VENDIMIA
NO era aun mediodía cuando asomaban por el portalón de la bodega las primeras recuas cargadas de dorados racimos de uvas. Al griterío de los chiquillos se sumaban el nerviosismo de aquellos animales que después de beber en la huerta, andar descansaderos y veredas, impacientes, descargaban su hermoso fardaje. Sobre un lagar luminoso y encendido se derramaban vivos los colores dulces de la tierra. Aquellos granos me parecían ensortijadas perlas en un racimo de luz que fuese a contribuir con su esplendor una montaña hermosa de sueños. Los hombres con su olor a voluntad inmortal guardaban el ambiente sagrado del lugar, eran verdaderos sacerdotes que en una plegaria divina contentasen a Baco y esparciesen sobre la tierra el reflejo de un paraíso. Al caer la noche, sentía yo una atmósfera que envolvía mi alma y la hacía despertar en intermitentes besos de esperanzas. Una templada esperanza que me hacía ver el mundo tal como lo sentía, en torno a una habitadora conciencia clara, luminosa y dulce, mezcla de un párvulo sueño terrenal.
CONCIENCIA
PORQUE era invisible era hermoso aquel despertar. Parecía sentir a mí alrededor que el mundo se transformaba saliendo fuera de sí para ir a mi encuentro. Bautizaba mis emociones por la intensidad luminosa con que lloraban mis sentimientos y me fueran a impregnar con un perfume, con un color, con un deseo. Descubría entonces el deseo vivo de alcanzar en el aire el vuelo de un jilguero, la luz marina sumergida en el horizonte, la inmensidad callada de aquel desvanecimiento de la tarde cuando se retiraba a descansar y dejaba tras de sí el aire quieto, oloroso, a la espera de una brisa, de unas voces que brotaran, evocándome con gestos la hora de volver a caminar. A aquel llanto le iba naciendo la conciencia de un existencia viva al ir enhebrando estados anhelantes que se sumaban a una entrañable presencia de un dios que me guiaba y protegía del mal. De ese dios desconocido que se mostraba complacido en la dicha de un destino, de una emoción eterna que me fuera naciendo del alma.
OTOÑO
NO era el otoño sino la prolongación de una vida templada. La cosecha eran soles de una ilusión reconfortable, hermosamente dorada, llena de apetitos sensoriales que el aire trasformaba en jugosos bocados del alma. El encuentro de una voluntad bien nacida que había madurado lentamente en jornadas de luz y misterios. Un adormecido sueño se iba despertando del interior de la tierra al aire, al cielo, y corría de oro sobre los sembrados de trigales y amapolas, que como un mar templado se abrazaban en un pensamiento alado que fuesen a significarse un amor de brisas. Llegaban desde los sembrados un aroma tierno que se balanceaba, familiar, en pregones encendidos de olores que naciesen y corriesen tras de sí, como una ola de pensamientos. Era, un dulce desvarío del alma, que hacía detenerme en la mirada impresa de exaltados resplandores de aquel tiempo maduro, de aquella plegaría hecha divinidad. …Demasiado frágil era entonces mi alma ante la plenitud que se transparentaba a mis ojos y la sagrada mirada que componía aquel rostro.
EL BAÑO
SOLÍAN llevarnos a bañar, bien menguada la luz de la tarde, cuando desocupado el tiempo, era una súplica soñada dentro de nuestros corazones. Ya en el camino, adivinaba el recodo, la vereda, la existencia de un consuelo mágico que fuera tomando posesión de mí. Una penetrante ausencia me hacía flotar en aquel aire de calma, de regreso a un mundo inocente, desnudo de existencia, donde los sentidos iban traduciéndome la profundidad inmensa con que el alma me abrigaba. Advertía su presencia con punzadas de aromas en el crecimiento invisible de un vuelo en el aire casi divino, como si fuese a posarme sobre una eternidad azul donde mi vida me rescatara. Tiraba hacía ella de mí una atracción, primero melancólica, después gozosa, ineludible y por fin confiada como quien tiende los brazos para alcanzar el infinito. El sol, apenas quería turbar la presencia de aquel niño, dejándole mirar sobre el horizonte una imagen soñada fuera de sí, que le hacía caer más profundamente en un sentimiento temprano del amor, un amor que ya adivinaba en el misterio de un silencio, de un llanto contenido, de una honda agonía que recorría su cuerpo y necesitara entregarse.
LA HUERTA
ESPERANZADO camino de la vida cuando presentía que me oprimían el corazón contra la lejanía inalcanzable y entrañaba sabores y colores que hacían de mí un inquietante sentimiento. Sentía la pureza de una infancia que adivinaba con tímidos gozos de temores al no pertenecer todavía a aquel sentimiento de vida que asomaba. Era una emoción que se trasparentaba, y la imaginaba hermosa en el deseo de infringir el tiempo, para así rescatarme de mi mismo, de aquella alma que yo le inspiraba compasión. Echado en las acequias contemplaba aquel moral endiosado que como un dios padre, abrazaba el viento, y lo incendiaba de amor, de majestuosos balanceos tiernos de luz y plegarias, llamándome a una emotiva oración que se traducía en una comunión de espíritu. Era un encendimiento próximo a alcanzar una luminosa emoción que yo soñaba y me parecía el alimento que mi alma necesitara para ir impregnándome de gracias y dones. Una hermandad de sentimientos, aromas y devociones que fuera navegando por mi cuerpo para así guardarme en la memoria.
PADRE
“LA primera flor la del almendro” contaba su corazón, y mecía mi alma la luz pregonera de una dicha que encendía el aire y el turbador deseo de una plegaría inmortal que fuese más allá de mí y de mi propia existencia. Al sol de aquella primavera mía, sentía cómo se estremecía toda vida misteriosa que flotase a mí alrededor, conjugándose entonces sentimientos y abrazos que hacían amar cualquier tiempo en la memoria. Brotes eternos que sobre aquel tronco dormido, ayer, me parecía hoy una brisa blanca y pura que de un poniente fresco regresaba. Me creía injertado en la gracia y divinidad que el cielo concedía a quienes tuviesen el atrevimiento de vivir, de aligerar el cuerpo para así poder volar. Como un sentimiento libertado me sentía capaz de aquella secreta confesión que todo niño se hace en el hombre que le subsiste y amedrenta: no dejar nunca de sentir desde el fondo de mi ser el breve amanecer de la vida, de la pasión, ternura y dolor. Aquella primera primavera prendió en mí un aroma que todavía me llega en un exaltado recordatorio de brisas y promesas.
ENTRAÑABA
ENTRAÑABA entonces la vida como un sentimiento de amor, ausencia y dolor. Como todo aquello que me hacía desesperar dentro de una exaltada disposición de vivir, de alcanzar lo eterno e infinito en una sombra dormida, en una luz dichosa, lleno de un llanto profundo que nadie veía. Algún temor me acompañaba siempre ante el descubrimiento de lo divino, de aquella forma de llegar al mundo por donde nadie lo hacía, donde mis lágrimas eran una locura cegada por el atrevimiento de querer explicarme lo inexplicable. No sé si era conciente de aquellos sentimientos, sí lo era de la realidad que vivía cuando sentía la renuncia de vivir plácidamente al escalofrío de aquella dicha de embriaguez, de dolor, de sentirme a solas ante los nocturnos de aquellos pensamientos. Junto a mi mundo, existía el placer de ser algún día como esos sentimientos que recorren el mundo y después, al final, se sientan a recordar, a vivir de lo vivido, amado, sentido, para saber despedirse de él mismo con esa voluntad reconfortante que lo ha guardado en la memoria. Y como una realidad que yo descifraba, iba sintiendo crecer en mí, apoderándose, una sublime misión de llegar a entender el llanto de mi alma.
LA AZOTEA
ESPERABA la anochecida para navegar por aquel mar de tejados y alcanzar la azotea. Hasta llegar a ella, naufragaba por un océano incendiado de los últimos pensamientos de un ocaso llameante y rojo que hacían mi soledad más admirable de ir al encuentro de un sentimiento que me rescatara. Sentimiento, que según lo vivía significaba para mí la expresión sagrada de algo real, sin otra esperanza que una espera callada que se fuera transformado en encuentros del niño y el hombre. En ella sentía no que poseyera el mundo, sino que era él quien me poseía, y me parecía ajeno ante aquel sobresaltado estado que era capaz de acogerme como un presentimiento del universo. Aquel cielo imantado de estrellas y veredas hacían perderme en otra existencia más silenciosa, más eterna, que me llevaban despierto a contemplarme desde otra vida a la imagen cercana que yo iba guardando de mí, donde nacemos nosotros mismos al misterio del entendimiento. Hoy creo que era un aprendizaje de mis sueños, de detener el tiempo o caer en las profundidades, de saber suplicarme en el sentimiento de una fuerza que me atraía más allá de mi propia existencia, de ir alimentando al hombre que llevaba.
RECONCILIACIÓN
Aquellas reconciliaciones de vida hacían de mí un permanente oráculo de temores y plegarias; iban revelándose en una conciencia de mortalidad, en una batalla que mantenía a muerte mí deseo contra aquella forma de albergar y entender el mundo. Ese sentimiento que yo entendía con su dolor, llanto y gozo, no hacían sino enardecer mis temores, exiliándome en el silencio extraño de una existencia que fuera más reparadora, más eterna, con la profundidad de una pasión que me llevara de la muerte a la vida para alcanzar el sagrado misterio de vivir. Era como aquel entendimiento inalcanzable que vemos, tocamos y jamás alcanzaremos: el llanto de un olvido, una promesa, un mar sin estrellas, un recogimiento divino del alma, un destino dichoso de poseerme en su soledad. Debía de haber algo más para que mi existencia me significara, me rescatara de aquellos sentimientos cuando sentía aquel dolor que enfrentaban al niño y al mundo que lo veía pasar. Vivir por vivir… no me colmaba, no me era suficiente, siquiera feliz. Y entonces me estremecía de esperanzas al volver a sentir una tarde aromada de un cálido presagio del alma que me hiciera reconciliarme con la luz, el aire, las voces que de aquel mundo nacían.
VERANO
FUE una tarde de julio cuando deseoso de un sueño de verano vino a mí aquella existencia de otra realidad que el tiempo había hecho suyo y la memoria guardaba. Estando ya con ella, derramándome en sus más insignificantes vueltas del pensamiento sentí un extraño temor de haber vivido aquellos días sin la conciencia que aquella existencia me había significado, cuando el placer componía mi cuerpo y el deseo mi alma. De ahí, ese temor que asomaba de haber sido feliz y no querer volver sino en el tiempo que lo fue, que se sintió amado en la luz, en el aire y en las voces que componían aquellas notas de sabores, colores y ternura que entrañaban; y sentía que dejaba de pertenecerme cuando la memoria no me significaba la posesión desvelada de aquel sentimiento. Dentro de aquel recuerdo había una parte íntima que no se dejaba ver, igual que un pensamiento profundo, y me hacía sentir único dentro del paisaje que vivía. Era el deseo de querer tenerme como entonces me guardaba, en la brevedad dichosa en la que se detiene el tiempo para proyectarnos a nosotros mismos en nuestra memoria… en ese eterno instante de la vida que somos.
PRESENTIMIENTO
LA CASA
SABEMOS cuándo morimos por primera vez, nos sacude una clara convivencia interior más allá de nuestras propias emociones. Así me sucedió aquella tarde desvanecida cuando recorrí el aroma, los ruidos, la luz de aquella casa de campo. Iba palpando paso a paso, corazón a corazón, todas y cada huella que en aquella atmósfera de templanza y ternura que habían ido abrigándome en las necesidades y temores de mis días. Recorría aquel recuerdo bienhechor una protección alada que tantas veces había sentido en los rincones de sus paredes, en el silencio de su cal, en las meditaciones de su oscuridad. Era una sed imantada en querer reconocerse en la memoria de un tiempo vivido, quizá ajeno a su existencia, pero de vuelta a una realidad de miradas y gestos complacientes de calor. Justo en medio de mi vida sin saber cómo había llegado, iba despidiéndome de mí dolorosamente en la distancia próxima de aquel abrazo de memoria que me llegaba, que me satisfacía para mi eternidad, para ese tiempo que quedaría asomado para siempre en mi vida. Qué desnudez más espiritual quedarme sólo con lo puesto, sin más vida que la que podía retener en mis manos.
LA PUERTA
AL alcanzar el patio, asomaba el salón de la bodega que con su olor cálido y silencioso parecía manifestarse dentro de un recogimiento de fervor. Al fondo de la bodega una puerta de madera fortificada hacía de muro entre el mundo y yo. La puerta se habría muy de tarde en tarde y sólo rebosaba luz cuando en vendimia con el trajín del mosto hacía necesario más aire. Una fina línea de luz brillante rasgaba y penetraba a ras del suelo formando un desvelo en la propia oscuridad. En el recogimiento de aquel sentimiento me sentaba apoyado en la pared y esperaba el milagro de imaginarme la vida a través de aquella luz y de aquellas voces que me llegaban. Se proyectaba entonces ante mis ojos una vida cualquiera que según transcurría iba definiendo un sentimiento, una pasión. Cuando los pasos se aproximaban veía misterioso, reflejo de una inquietud, la vida, significándome el rostro del tiempo, evocándome desde lo más profundo una conciencia de nostalgia. Todo mi desasosiego era su alma. ¿Sería el alma que yo sentía cuando iba componiendo sus desvelos, inquietudes, felicidad?. ¿Desde qué otra vida desconocida me llegaba aquella existencia que flotaba en la luz?.